domenica 13 dicembre 2009

Eres pbra porque quieres


En cuanto a la población en pobreza multidimensional moderada (el término no es fácil de entender, pero lo que describe debe ser imposible de soportar), 33 por ciento de los pobladores está en ese nivel, es decir, 36 millones de mexicanos padece entre una y tres carencias sociales, además de que cuentan con menos de los ingresos ubicados dentro de la línea de bienestar que son de mil 262 pesos mensuales en el campo y de mil 921 en la ciudad.

Conviene decir que la cultura, un bien indispensable, no es tomado en cuenta como satisfactor, quizás porque resulte evidente (y fatal, en la lógica de los gobiernos) su característica de recurso inconcebible en el mundo de los escasos recursos.

Además de las realidades aparatosas hay que tomar en cuenta el darwinismo social que se presenta como fatalismo y que es aceptado incluso por sus víctimas. Revísense las expresiones “que no dejan salidas”, a partir de la inexorable “Eres pobre porque quieres”, tan repetida por empresarios y denostadores de la idea de la desigualdad como hecho inevitable de la vida humana. Allí están otras afirmaciones de la inutilidad de la resistencia: “No te quejes de las condiciones de tu empleo, alégrate hasta las lágrimas de tener uno/ Dios nos recomendó el esfuerzo, tú te conformas con trabajar de sol a sol, y eso no es esfuerzo sino terquedad: Dios no te recomendó la rutina/ El perdón de Dios sólo alcanza a los que no rezongan por el salario mínimo/ Ayúdate que Dios te ayudará. Sí, pero Dios no ayuda a los que con tal de que no les digas flojonazos, trabajan como bestias/ Los pobres viven mal porque no quieren cambiarse de colonia/ Más vale rico y sano que pobre y enfermo/ El triunfo es un arca de Noé donde se entra de par en par y no con once hijos, la mujer, tres queridas que viven en el mismo edificio, la suegra y dos compadres a los que todavía no se les quita la borrachera. Si esta descripción te parece clasista y racista, consíguete una mejor.

Las certezas del darwinismo social, o fatalismo, no han aceptado refutaciones: “Si naciste en la base de la pirámide, acostúmbrate a ser siempre un migrante pero de tus alrededores. Con las excepciones que son dones de la suerte o de la ilegalidad, la movilidad social no es lo tuyo. Ah, y por ilegalidad sólo se entiende la que se practica desde abajo”.

Hasta aquí lo habitual, pero la Crisis (la crisis), lleva el paso redoblado que no detendrá el 2010, no obstante los exorcismo de los gobiernos (las frases sólo blindan a las palabra que las componen). ¿Cuál es el porvenir del darwinismo social?

¿Qué entiendo aquí por darwinismo social? Si no el proceso de erosión o destrucción de las alternativas de valoración, sí el peso de las formaciones tradicionales (el conservadurismo religioso, el clasismo, la ideología patriarcal) a las que se añaden los mecanismos del poder autoritario, de los quebrantamientos educativos y de las industrias culturales. Nada se puede hacer —es el mensaje transmitido de múltiples formas en los siglos del virreinato— si eres indio o mestizo; nada es posible, se decreta en el siglo XIX, porque vives en este caos que ni siquiera es nación; todo será inútil, se proclama en el siglo XX, si no perteneces a la élite o si no tienes sitio de privilegio en la movilidad social.

El fatalismo es un elemento primordial de la visión de la pobreza: “Ser pobre es no poder dejar de serlo”. Desde el llamado de los curas del virreinato que le exigen obediencia y resignación a los indígenas y los pobres urbanos, el fatalismo ha convertido las limitaciones económicas y sociales en rasgos de la idiosincrasia personal y colectiva. Si la desigualdad es rasgo inalterable de las sociedades, quienes la combatan fracasan de antemano. Y aquí no se debe olvidar a los políticos que a nombre del combate a la pobreza se promueven a sí mismos con intensidad, para no hablar de los protectores de la nación en el orden jurídico. Los magistrados del Tribunal Electoral ganan cuatro millones al año, es de esperar que por su defensa de los pobres.

Allí está la letra del vals peruano: “Mi sangre aunque plebeya/también tiñe de rojo… Señor, ¿por qué los seres no son de igual valor?”. O el infaltable José Alfredo: “Yo sé bien que estoy afuera/Pero el día en que yo me muera,/Sé que tendrás que llorar”. Los epitafios sobran.

Carlitos Monsivais

domenica 29 novembre 2009

Avvertimento


Para algunos, sólo para algunos, llegará un día en que no puedan esconderse detrás de nada. Ni de sus estudios, ni de su trabajo, ni de lo que llaman su amor, sus cariños o su odio, ni de su fe o sus creencias. No se esconderán tras la felicidad o la desgracia. Ni siquiera de lo que creen sus pensamientos o sus emociones. No se ocultarán tras su nombre o su propia historia. No podrán esconderse detrás de nada.

Y no podrán decir: yo pienso, yo siento o yo quiero, ni siquiera yo soy sin sentirse culpables por mentir, podrán entonces ver como se inventan culpas.

Los demás, polvo son, refugiados siempre en lo que creen ser, escondidos tras su reflejo. Seguirán así, siendo felices o desgraciados.

La tristeza de los que Somos no es personal, no es en realidad tristeza, es una ola de energía que nos llega desde lo profundo del cosmos. No viene de codiciar o perder algo de la importancia personal, no viene de lo que digo Yo, viene del infinito y el infinito es objetivo.

El mundo es sólo un espejo y es nuestra cárcel personal, en él se refleja todo lo que creemos ser; su imagen es tan nítida que llega a convertirse en una realidad para cada quien. Al mundo sólo lo podemos ver a través de ese reflejo. Los seres humanos no pueden ver otra cosa.

A menos que alguien que ya salió, cambie por un instante el punto desde el que observamos, entonces seremos tocados por el infinito y ya no habrá vuelta atrás.
Una vez que eso sucede, y eso sucede sólo una vez; es muy difícil, pero no imposible que no hagamos todo lo que podamos para salir de esa situación. Ahí se dan el amor y el cariño; el silencio y la paz, la comprensión profunda por los que se quedan y la nostalgia por lo que fuimos.
Y seguiremos “siendo los mismos” hasta que llegue la hora.

giovedì 5 novembre 2009

Je me souviens


Pasión, viene del griego Pathein, y del latín passio. Significaba “sufrir”. Es interesante. De allí viene padecer. Pero también empatía. El significado de origen se ha ido transformando. Ahora es más vasto. No todas las pasiones se “padecen”, en el sentido de sufrirlas. Aunque muchas sí. Quizá lo que si se “padece”, de toda pasión, es su presencia recurrente. Su calidad, de necesidad intensa. Frecuentamos nuestras pasiones. Tan seguido como podemos. La pasión. La que traemos dentro. Los espacios donde la colocamos. Es uno de los rasgos, más íntimos, y distintivos, de la personalidad de cada una/o. Un tatuaje único y propio. Un sello.
Como si nuestras pasiones contuvieran, tantas de nuestras preguntas, y de nuestras maneras concretas de buscar respuestas. Hay pasiones luminosas. Pasiones oscuras. Pasiones de claro-oscuro. En “El jugador”, Dostoievski, describe la pasión por el juego de su personaje, como una tortura. Como en el sentido antiguo de la palabra, el jugador, no domina al juego. Sino viceversa. Se convierte en el súbdito de un impulso que no puede controlar. De una vivencia que asume como extrema, y cuya intensidad lo encadena.
La literatura narra abundantes ejemplos de pasiones oscuras, que atormentan a sus personajes. El amor de Catherine y Heatchcliff, en “Cumbres Borrascosas”, de Emily Bronte. En la película “El ángel azul”, de Von Sternberg, el rígido profesor Rath, se despeña, en su loca e imposible pasión, por Lola, una cantante de Cabaret. En “El retrato de Dorian Gray”, el personaje se envilece, incapaz de contenerse, en su frenético ejercicio de las pasiones más insanas, al igual que Jekyll, cuando se desdobla en Hyde, en “En el extraño caso de Dr. Jekyll y Mister Hyde”, de Stevenson. En la vida real, la pasión de Camille Claudel, por Rodin, terminó desquiciándola. Como se desquició Adele, la hija de Víctor Hugo, persiguiendo por el mundo a un oficial del ejército, que no la amaba.
En cambio, la pasión del Scherlock Holmes, de Conan Doyle, por investigar y analizar los escenarios del crimen, para aproximarse al inconsciente del criminal, permitía que Scotland Yard, resolviera los casos más complejos. La pasión de Isadora Duncan, por la danza irrumpió, para crear todo un nuevo estilo, que inauguró la danza moderna. La pasión de Mircea Eliade, por la hija de su maestro espiritual, lo llevó a escribir una maravillosa novela de amor: “La noche Bengalí”. Newton, apasionado de tiempo completo, por los mecanismos que rigen el funcionamiento del mundo, dio un paso adelante en sus reflexiones acerca de la gravitación universal, porque se le cayó un fruto en la cabeza.
Muchas veces, las pasiones coinciden con el oficio. No necesariamente. Me quedé pensando en la creatividad. Tuve que hablarle a un plomero. El agua de mi regadera se filtró hacia el techo de mi vecina. El señor me hizo una minuciosa explicación de tubos y conexiones. Me describió el meollo del desperfecto, con una honestidad y una pasión tal. Había tal respeto por su trabajo en sus palabras, que le pregunté por qué es plomero. La plomería había sido el sueño de su papá, que trabajaba la tierra en Michoacán. Construyó un cuartito junto a la casa, en el que coleccionaba fierros viejos. Los limpiaba. Los acomodaba en anaqueles. El niño le ayudaba a cuidar sus piezas. Me encantó ese señor. No es que él trabaje en el “ramo de la plomería”, sino que es un plomero apasionado.
¿Por qué una persona escribe? Otra pinta. Otra escucha música por horas. Hay quien escale montañas, y quien atraviese países, pedaleando una bicicleta. Hay quien practique yoga, y quien sumerja sus manos en la arcilla, para inventar una escultura. Hay quien adore la pintura, y quien no se pierde un partido de fútbol. Hay quien ahorre años, para comprar un telescopio sofisticadísimo, porque le urge, por la noche, imaginar que se le acercan las estrellas. Hay quien teje la ropa para su familia, porque la hace sentir, que los abriga, y ella tiene pasión por “abrigar”. La fascinante diversidad entre los seres humanos. Y nuestras constantes. Todos tenemos pasiones. ¿De dónde vienen? ¿Por qué se quedan con nosotros?
¿Por qué en una familia, un hermano es astrónomo, el otro agricultor, y tienen una hermana ama de casa y otra bailarina? Una persona descubre, que desea ejercer un oficio que tenga que ver con la atención al público, porque le apasiona el trato con los demás, y se convierte en vendedora, otra quiere vivir en silencio y entre libros, y elige ser escritora o bibliotecaria. Alguien tiene pasión por escuchar, y por sanar a otros, y se convierte en enfermera, o en terapeuta. Miraba la pintura de Julio Galán. Vi su primera exposición en Monterrey cuando él tenía 20 años. No pude dormir. Había algo que me atrapaba, en esa necesidad suya de recrear su mundo infantil. Como una brújula secreta. Una buena parte de su obra, es de una pasión dolorosísima. Y sin embargo… pintaba. Con las tripas. Con su historia. Con su humor, su esperanza y su intenso daño interior. El pintaba. Esa era su pasión. Supongo que entre deseada, y entre que a pesar suyo. ¿Por qué han escrito algunos escritores?
Carmen Boullosa: “Escribir es una actividad dolorosa y desgarradora; uno escribe porque no lo puede evitar. La literatura tiene valores de vitalidad enormes. Puertas a la vida. A veces muy perversas. A veces muy dolorosas. La vida es eso. No es una feria, ni es un baile, tampoco un comic. La vida está llena de complejidades, y escribir pues, en realidad no es el cielo”.
Julieta Campos: “Fue un transitar por una cuerda floja…uno escribe novelas para poner un orden en el caos de la vida, para colmar en el imaginario lo que no se colma en la realidad siempre insuficiente. Se escriben novelas porque se necesita obturar, con la escritura, huecos, vacíos de lo real”.
Margarita Duras: “Escribo, porque alguna vez me miré en un espejo, y no había a nadie…Sé que cuando escribo, hay algo que ‘se hace’. Dejó actuar en mí ese ‘algo’, que sin duda procede de la feminidad…es como si regresara hacia un terreno salvaje.”
Josefina Vicens: “Mi mano no termina en los dedos: la vida, la circulación, la sangre se prolongan hasta el punto de mi pluma… Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una alegría urgente. Me pertenezco todo, me uso todo, no hay un átomo de mí que no esté conmigo, sabiendo, sintiendo la inminencia de la primera palabra”.
Isabel Allende: “Tiempo, silencio y disciplina en la escritura, para que los personajes aparezcan de cuerpo entero y hablen por sí mismos. No los invento; son criaturas que existen en otra dimensión, esperando que alguien las traiga al mundo…Tal vez el espacio está lleno de presencias de todas las eras…y todo lo que ha sucedido y lo que sucederá coexiste en un presente eterno”.
Camilo José Cela: “Es muy probable que todas mis cuartillas hayan sido una venganza contra algo, o contra alguien, no lo sé. Sigo creyendo que la gran venganza de un escritor, es seguir escribiendo”.
Rafael Alberti: le habla a su padre ya muerto: "Te moriste de improviso una tarde cuando yo iba para pintor…aquella noche de tu muerte, cuando yacías amortajado en tu lecho, me salió de improviso mi primer poema".
Mario Benedetti:"¿Qué puede ser más importante para un escritor que enterarse de que uno de sus personajes salió provisoriamente del libro para restañar una herida... acabar con una inhibición o generar una esperanza?".
Borges: "Sólo he escrito cuando el tema ha insistido en que yo lo escriba… cuando se me ocurre una idea, yo trato más bien de desalentarla. Cuando esa idea insiste en que yo la escriba, trato de comprenderla y de saber qué es lo que espera de mí".
Vargas Llosa: "Mi padre, es la primera persona a la que tuve un terror que creo no desapareció nunca…es una relación a la que seguramente debo mi vocación". Conoció a su padre a los diez años. Siempre pensó que estaba muerto. Su padre era un hombre violento, que aborrecía la escritura.
Maria Teresa

domenica 1 novembre 2009

...pero ya olvidé


No quisiera olvidar el mar. El de las muchas bahías en el Pacífico; ese mar profundamente azul de mi infancia y mi primera juventud. No quisiera olvidar a esos niños que fuimos. Dejarlos de lado, seguir caminando y dejarlos ahí desamparados. No quisiera olvidar el olor de la tormenta como no olvido el aroma de la paz. No quisiera olvidar a mi primer amor en esa noche de luna llena en la playa de mis juventudes. No quisiera olvidar los barcos de papel navegando en el canal de riego de la huerta, ni la sensación de la ropa empapada, pegada al cuerpo. No quiero olvidar la voz de mis amigos de esos tiempos, ni su risa ni la luz de la lámpara Colleman sobre la mesa cubierta siempre con mantel de cuadritos rojo y blanco en las noches de pan de dulce y café con leche allá en la granja. No quiero olvidar el olor de las sábanas limpias cuando los niños nos íbamos a la cama y los grillos seguían cantando indiferentes. No quisiera olvidar que mi papá fue un hombre joven que nadaba de frente a esas montañas de mar inmensas que yo veía desde la espuma de mi orilla de niño. Y que entonces aún podía escuchar el estallar de las olas y las voces de mis hermanos.

No quisiera olvidar la casa de los abuelos. Ni que la ropa se lavaba en ese patio junto a la huerta, que se hervía y almidonaba. Ni a las palomas que crecían en el patio. Ni esa vieja y triste escalera al fondo del pasillo, ya cuando el abuelo se había ido, roja y despintada que llevaba oscura nuestros pasos hasta esos cuartos solitarios que guardaban recuerdos de esa tía que ya no estaba, pero que una vez, en un pasado que no fue nuestro, estuvo. No quisiera olvidar que las paletas de limón costaban diez centavos y que las monedas tenía un sol con muchos rayitos. El olor de las estampas que venían en los Gansitos, esos que sabían mejor que ahora, como también los Carlos Quinto. No quisiera olvidar que entonces los planetas eran nueve y que una jícama y un perón sabían mejor si estaban cubiertos de montañas de chile piquín. No quisiera olvidar las paletas de dulce con palitos de papel que Maye traía cada año de San Francisco, ni mi primer radio de transistores, regalo de mi abuela “mamaíta”, así le decíamos desde siempre, desde que alcanzaba a tener memoria; mi pequeño radio color marfil con forro negro de piel y en el que muchos años oí lo que se podía oír de la música de moda. Cuando sabía querer mucho.
No quisiera olvidar tampoco la sonrisa de mamá cuando me regaló aquel balón de gajos sin saber que nunca sería aficionado al futbol. Pero no olvido que desde esa mañana me aficioné a su sonrisa, esa que recuerdo con un cariño que a veces olvido. No quiero olvidar a mi tía Lourdes tocar Plenilunio o la Gavota de Manuel María Ponce en aquel piano desvencijado. No quiero olvidar a mi abuela María de la Luz cuando le presté Naná de Emíle Zolá y después de unas semanas me hizo bizcochos con nata para comentarlo mientras los comía. No quiero olvidar la sensación de tomar por primera vez de la mano a mi vecina allí, en el asiento de atrás del Valiant de su mamá; ni aquella casa desocupada al fondo de la privada que fue refugio de nuestros primeros desahogos. No quiero olvidar los tesoros secretos que había encerrados en aquel cuarto construido con triplay y cartón dentro de la recámara de las muchachas que ayudaban en la casa. Ni a la prima que me enseñó hace muchos años que un beso puede ser eterno.

Ya olvidé el sonido del motor del Cadillac de papá, y no recuerdo la música de mi infancia. Hay muchas cosas que ya olvidé, que no le interesan a nadie pero que sé que viven ahí, en el baúl de las cosas que se dejan de lado y que a veces salen y nos dicen: “mira, aquí estoy” y en el siguiente momento vuelven a desaparecer.

Ayer recordé a mi padre y pude ir sintiendo a mis hermanos huérfanos. Raro, pero en un momento sentí la tristeza de mis hermanos y sólo así pude sentir la mía. Hoy, poco a poco fui sintiendo uno por uno a esos que llamamos familia.

Hay tantas cosas que ya olvidé, que se fueron de golpe o poco a poco y sólo me queda de ellas un vacío. O será que un día me fui y no he regresado.

domenica 25 ottobre 2009

Irene


Querida Irene:
Les llums de setembre em van ensenyar a recordar els teus passos que s’esvaïen en la marea. Sabia ja llavors que l’empremta de l’hivern no trigaria a esborrar el miratge del darrer estiu que vam passar plegats a Badia Blava. Et sorprendria comprovar que poc que ha canviat tot d’ençà de llavors. La torre del far s’alça encara com un sentinella entre les bromes, i la carretera que voreja la Platja de l’Anglès és amb prou feines una tènue sendera que serpenteja entre la sorra i que no mena enlloc.
Les ruïnes de Cravenmoore s’insinuen per damunt dels arbres del bosc, silencioses i cobertes d’un mantell de foscor. En aquelles ocasions, cada dia menys freqüents, en què m’aventuro badia endins amb el veler, en puc veure encara els vidres estellats dels finestrals de l’ala Oest, que brillen com senyals fantasmals entre la boira. De vegades, embruixat per la memòria dels dies en què solcàvem la badia quan tornàvem a port, mentre queia la tarda, em sembla tornar a veure-hi les llums tremolant en la foscor. Però sé que allà ja no hi ha ningú. Ningú.
Et deus preguntar què se n’ha fet, de la Casa del Cap. Doncs bé, encara hi és, aïllada, acarada a l’oceà infinit des del capdamunt del cap. L’hivern passat, una tempesta va esbotzar el que quedava del petit embarcador de la platja. Un acabalat joier vingut d’alguna ciutat sense nom va tenir la temptació d’adquirir-la per un preu insignificant, però els vents de ponent i les onades estavellant-se contra els penya-segats es van encarregar de dissuadir-l’en. El salnitre ha pres en la fusta blanca. El viarany secret que duia a la llacuna és ara una jungla impenetrable d’arbustos salvatges i branques caigudes.
De tant en tant, quan la feina al moll m’ho permet, agafo la bicicleta i vaig fins al cap per contemplar la posta des del porxo suspès al penya-segat: sols jo i una bandada de gavines, que sembla que s’hagin adjudicat el paper de nous llogaters sense haver de passar pel despatx de cap notari. D’allà estant encara es pot veure com la Lluna dibuixa una garlanda d’argent cap a la Cova de les Ratapinyades, quan s’alça per damunt de l’horitzó. Recordo que una vegada et vaig parlar d’aquesta cova, i jo et vaig explicar la fabulosa història d’un ministre pirata cors i el seu vaixell, que va ser engolit per la gruta una nit del 1746. Vaig mentir. Mai no hi va haver cap contrabandista ni cap bel·licós corsari que s’aventurés en les tenebres d’aquella gruta. Puc dir en defensa meva que aquesta va ser l’única mentida que vas sentir dels meus llavis. Probablement, però, ho vas saber des del principi.
Aquest matí, mentre apedaçava unes xarxes que havien quedat enrocades a l’escull, ha tornat a passar. Per un segon m’ha semblat veure’t al porxo de la Casa del Cap, mirant l’horitzó, en silenci, com t’agradava fer. Quan les gavines han alçat el vol, he comprovat que no hi havia ningú. Més enllà, a cavall de la broma, s’alçava el mont Saint Michel, com una illa fugitiva encallada en la marea.
De vegades penso que tothom ha marxat a algun lloc lluny de Badia Blava i que jo m’hi he quedat, atrapat en el temps, esperant debades que la marea púrpura de setembre em retorni alguna cosa més que records. No em facis gaire cas. El mar té aquestes coses: passat un quant temps, tot ho retorna, especialment els records.
Crec que, comptant aquesta, ja són cent les cartes que t’he enviat a l’última adreça teva que vaig poder aconseguir de París. De vegades em pregunto si n’has arribat a rebre cap, si encara et recordes de mi i d’aquella alba a la Platja de l’Anglès. Potser és així, potser la vida t’ha dut lluny d’aquí, lluny de tots els records de la guerra.
La vida era molt més senzilla aleshores, te’n recordes? Què dic? Segur que no. Començo a creure que només sóc jo, pobre beneit, qui viu encara del Record de cadascun d’aquells dies del 1937, quan encara eresaquí, al meu costat...
CRZ

domenica 11 ottobre 2009

senza nome


La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a quién tocar. Tenía boca, pero no tenía con quién hablar. La vida era una, y siendo una era ninguna.
Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos.
Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también.


E.G.2009

mercoledì 30 settembre 2009

amichevolezza


Un viaje a la amistad es algo que no sucede todos los días. Para hablar de los amigos hace falta viajar despojados de ese equipaje inútil que muchas veces llevamos a cuestas; como llevar spikes y piolet a la playa o snorkel a la montaña. Despojarnos de lo que creemos los recuerdos para recordar de veras, sin esa máscara que nos pone la vida y nos van quitando los años.
Al recorrer una amistad, al vivirla, al ser amigos, se van escribiendo muchas cosas que se graban a fuego en el fondo del alma. Pero, muchas veces por la prisa de vivir se dejan otras en el tintero, con el riesgo de que un día, a fuerza de hacer una y otra cosa y andar muchos caminos, se puedan olvidar para siempre. Son esas cosas pequeñitas un día pero que adquieren su verdadera magnitud al paso del tiempo.
¿Qué he dejado en el tintero? Les voy a platicar algo de mi relación con una buena amiga de toda la vida en estas memorias del desmemoriado gatto. Bueno, decir amiga es decir poco y decirlo todo al mismo tiempo con una sola palabra. Anduvimos muchos caminos y cuando no se pudo, el que se iba se llevaba al otro a la grupa del caballo. En una relación epistolar profunda, desde la que cada vez, le enviábamos al otro un pedacito del alma. Así hemos hecho muchos viajes y compartido la vida. Ahora nos vemos muy de vez en cuando, cuando los dos, nuestra geografía y nuestro andar coinciden; y lo hacemos con un enorme gusto y un gran cariño guardado en silencio mientras tomamos un café viendo el viejo lago de Chapultepec en México.
Su padre era un muchacho que llegó muy joven de España de la mano de grandes hombres y mujeres que huían del violento absurdo franquista. Al bajar del barco y ver a los mexicanos, decidió que tenía que ser mexicano por absorción y se dedicó a ser mexicano y a estudiar. Ahora es un filósofo reconocido, un amigo querido por lo que me ha dado y por lo que le enseñó a su hija. En su casa abrevábamos de la fuente del conocimiento que siempre estuvo ahí. Ella me acercó al jazz, me destapó los oídos a la música clásica con sus colecciones en su atelier de la calle de Francisco Sosa, en Coyoacán y me llevó un poco sin darme cuenta a oír un concierto. Juntos compartimos una lágrima de emoción al ver a Karajan dirigir a la orquesta filarmónica de Berlín una noche en Nueva York. Éramos niños aún cuando me abrió los ojos a las reproducciones de los grandes pintores que tenía reunidas en los muchos libros de su padre. Extendió nuestras lecturas conjuntas a Dickens y Dostoyevski, a Balzac y Beckett. Por su padre conocí a García Márquez y a Fuentes, nos aventuramos con Salvador Elizondo a la atemporalidad de Joyce que el filósofo nos ponía a leer un poco por enseñarnos y un tanto para que no diéramos lata ni nos comprometiéramos en lances exploratorios del amor que luego no hubiéramos sabido resolver a nuestros trece años, en los corredores de la vieja casona paterna que entonces me parecían inmensos.
Un día, pasados algunos años, porque por alguna razón que sigo desconociendo, las mujeres son bailadoras, me enseñó a bailar aunque con una advertencia a la vez irónica y prohibitiva. Ahora digo que me enseño a no bailar.
Me invitó una noche a un cabaret, así se llamaban y, en vez de conducirme al salón de baile, me llevó a una especie de oficina desde donde se podía observar a las parejas bailando pero sin oír la música. Permanecí desconcertado por un minuto. Luego me entró un ataque de risa viendo las poses, las contorsiones, la comedia insensata, sin gracia, de las parejas capturadas dentro de un acuario por la danza que a todas luces juzgaban graciosa, galana, sofisticada, sensual, libre y libertina: cabeza girando, ojos cerrados en ensoñación o abiertos con falso asombro, manos agitadas como para dar o recibir pelotas invisibles, hombros en calistenias grotescas, piernas liberadas de todo control, a medias entre la oración y la defecación. Y los pies, cucarachas calzadas para evitar la muerte por DDT, zapatos masculinos de dos colores, botas rancheras, puntiagudos puñales femeninos, uno que otro zapato tenis, todos entregados a la danza en silencio, el grotesco ritual de los cuerpos engañándose a sí mismos, pretendiendo elegancias, sensualidades, comicidades, que desprovistas de acompañamientos sonoros, reducían los bailarines a la imitación macabra de una muerte anticipada: la danza.

Así me mostraba ella la vida que iba aprendiendo de su padre, el ahora filósofo reconocido. Pensé que la amistad es algo al cabo indescifrable. El orgullo, la generosidad, la ternura, las insuficiencias aceptadas, las reservas acalladas, el valor que va adquiriendo el recuerdo, o la amarga absolución de su pérdida: todo se reúne como en un coro a la vez presente y muy lejano, más elocuente en el recuerdo que en la actualidad, aunque en cada brillo traiga el anuncio de un futuro imprevisible como un disparo de pistola en un concierto de piano.